Hoy no es un día cualquiera. Hoy se celebran nuestros carnavales y, como nos enseñaron las antiguas, se celebran con alegría, con juego, con baile y con el corazón lleno. Así se honra el entierro del Ño Carnavalón: no desde la tristeza, sino desde la vida misma, desde esa energía colectiva que nos reúne como comunidad.
Cada vez que llega este momento, siento un profundo orgullo por mis raíces, por esta sangre negra que corre por mis venas y que me conecta con mis ancestras. Pienso en mi bisabuela, Doña Julia Corvacho Ugarte, y en su hija, mi abuelita María Llerena Corvacho, mujeres que sostuvieron la memoria, la fiesta y el sentido comunitario como forma de vida. A través de ellas, y de mi padre Miguel Sánchez Llerena, este legado sigue vivo en mí y en las nuevas generaciones.
El Ño Carnavalón no se despide en silencio. Se despide entre risas, tambores, pasos de baile y cuerpos que se mueven libres. Se juega, se canta y se baila junto a la Tumba Carnaval, porque así nuestra cultura resiste: celebrando. Cada gesto es un acto de amor a lo que somos y a lo que fuimos.
Ver hoy a mis hijos y sobrinos portar este legado es una emoción profunda. Ellos son la continuidad. Desde pequeños les he inculcado sentirse orgullosos de ser raza negra y de caminar con la frente en alto.
El entierro del Ño Carnavalón no marca un final, marca una promesa: seguir celebrando nuestra identidad afroariqueña de generación en generación.
— Carolina Sánchez,

